¿Vivimos? No, a lo que me refiero es a VIVIR con mayúsculas. ¿VIVIMOS?

 

Conformismo. Vivir la vida que debemos vivir y no la que deseamos vivir.

 

¿Tenerlo todo nos hace felices? ¿O es lo que creemos? ¿O es lo que ellos quieren que creamos?

 

Entonces, ¿somos infelices porque lo tenemos todo o lo tenemos todo porque somos infelices?

 

¿Qué es lo que nos hace FELICES? ¿Existe acaso la felicidad? ¿La plena, completa y absoluta felicidad?

Te dejas…

Amanece en el antro hasta donde has arrastrado tu cuerpo esta noche.

No recuerdas cómo has llegado y no sabes cómo te marcharás de allí.

Le sigues la corriente a un tipo que está tratando de ligar contigo desde hace media hora, con tu escote en realidad.  Le observas mover la boca pero no le escuchas y mantienes un diálogo interno contigo misma sobre si te lo tirarías o no.  Pides otra copa, por si las moscas.

Él te susurra algo al oído sobre lo cerca que está su casa y te toma de la mano. Te dejas llevar. Te dejas.

La exquisitez de vuestros cadáveres caminando por vacías avenidas, rostros pálidos y ojerosos, la prisa dirige vuestros pasos.

Y al entrar en su piso y cerrar la puerta te empuja contra la pared colocando tus brazos sobre tu cabeza, atrapando con fuerza tus muñecas, te besa, te muerde y te dejas llevar. Te dejas.

Y clavas tus uñas en su espalda, para que su piel guarde tu recuerdo aunque sólo sea durante unos días.

Te arranca la ropa y con ella pierdes algo de tí, ese algo que te repite que no deberías estar allí. La voz vuela junto con tu falda y se calla. Y te olvidas de todo. De todos.

Y gimes al sentir el contacto de sus manos en tu piel y te dejas llevar.

Te dejas.

Tierra trágame #4

De esto que a tus veintitantos te encuentras retozando alegre y castamente, eso siempre, que una es muy decente, en el coche con tu pareja. Habeís aparcado estratégicamente en una explanada que hay junto a tu casa y la fría noche invernal os resguarda.

Que si jijiji, que si jajaja, en esto que te da por mirar a alguien que camina torpemente entre los coches y descubres con horror que ese alguien es tu abuelo. Recuerdas que hoy es martes y por lo tanto toca la cena familiar semanal (que tú te has saltadoalegremente argumentando que estás haciendo horas extra en la oficina).

Le comentas a tu acompañante que el que va por ahí es tu señor abuelo y que se quede quietecito. Te esconde entre sus brazos no vaya a ser que a pesar de los 80 años que se gasta tu antecesor, le dé por desarrollar esa noche una visión nocturna que ni la de una lechuza y te encuentre ahí, en una posición difícil de explicar y pierdas para siempre su cariño y la parte de herencia que te corresponderá en un futuro.

Silencio absoluto, no te mueves ni un centímetro, y entonces escuchas a tu compañero susurrar entre dientes un “cariño, no me lo puedo creer, tu abuelo está meando delante de mi coche“, mientras te tapa los ojos con su mano y continúa “no mires…

Agradeces el gesto porque sabes que la situación ya te está traumatizando sin verla así que como para guardar una imagen en tu memoria de aquello, y rezas a los dioses en los que no crees para que la cosa termine pronto. Y termina. Y el abuelo sigue su camino hasta el coche y se marcha, y sabes que si después de aquello tu pareja te sigue mirando de la misma manera…es amor verdadero* y lo demás son gilipolleces

Mi consejo es que cuando seaís mayores tengaís cuidado de dónde os pilla la llamada de la naturaleza, sin daros cuenta podeís arruinarle la vida a alguno de vuestros vástagos.

 

 

 

*que uno mide el amor que alguien le tiene como mejor considera, y aquello era prueba vital que para bien o para mal el muchacho no llegó a superar, pero ahí queda semejante historia para el recuerdo.

Mi domingo

Siempre admiraré a aquellos que saben aprovechar y disfrutar de la soledad. Aquellos que saben sacarle el jugo, hacerla suya.  A mí me resulta imposible.

Y ahora que parte de mis amistades más cercanas han emigrado a otros países en busca de una oportunidad laboral y que mi familia anda fuera de vacaciones empiezo a darme cuenta de lo peligroso que es sentirse solo.

La casa, en completo silencio, deja de ofrecerme su protección y ese halo cálido y cómodo con el que hasta ahora me abrazaba cada vez que entraba por la puerta, ahora me inquieta y me inspira una desazón que no sé cómo explicar. Enciendo el televisor en el salón y la radio en la cocina a un volúmen bajo, lo justo para que las voces que transmiten arrullen un poco mi corazón y me tranquilicen. Pero el invento no funciona.

Salgo de casa y  me siento en la terraza del bar que hay justo detrás, pido una cerveza, lío un cigarro y me parepeto tras un periódico lleno de noticias sobre desgracias humanas, campañas políticas y victorias deportivas.  Leo aunque estoy demasiado distraída con mis propios pensamientos como para entender las palabras que hay frente a mis ojos.  Las conversaciones de las mesas de alrededor apaciguan un poco el sentimiento de soledad. Alguien se acerca a pedirme el mechero. El camarero me trae un plato con cacahuetes apoyando en sus labios un “para la joven solitaria, invita la casa”. Sonrío amablemente, no sabe cuánta verdad hay en sus palabras.

Las animadas charlas se convierten en un murmullo interrumpido de vez en cuando por alguno de los pocos coches que circulan a estas horas de la tarde, por las palomas que revolotean cerca esperando encontrar algo que comer, por el golpeteo fuerte y repetitivo del bastón de un invidente que pasa junto a las mesas, las voces de los niños que juegan entre las sillas.  El calor aprieta y pido otra cerveza, busco el artículo de Pérez – Reverte en El Semanal. Lío otro cigarro.  Leo pero sigo sin enterarme de nada.

Y ya no sé si es la soledad lo que me mantiene sumida en este extraño estado de ansiedad o la fatal noticia que recibí el viernes.

A pesar del calor permanezco allí cerca de dos horas y media con tal de no volver a encontrarme con la oscuridad y el silencio de mi casa. Sé que tendré que acostumbrarme a esto. Que esto es lo que me espera a partir de ahora.  Pero cuesta.

Y ahora ya no admiro sino que maldigo, llena de envidia, a aquellos que conocen el secreto para sobrellevar el trance y no lo comparten…

 

Allá por el mes de noviembre, cuando hospitalizamos a mi abuelo por primera vez, coincidimos en urgencias con una familia encantadora con la que compartimos la larga espera que supone una situación así.

Una mujer de unos 70 años, menuda, vestida con un pantalón marrón algo desgastado,un jersey rosa palo y gafas grandes que resaltaban en su pequeña y dulce cara marcada por el agotamiento. El marido dormitaba tranquilo en una camilla rodeado de goteros y respiradores. No sabían qué le pasaba, sólo que sufría fuertes dolores de cabeza y poco más.

El hijo entraba y salía nervioso de la sala de urgencias, móvil en mano, vaqueros, jersey de los ochenta y cazadora roja. Unos 40 años, alto y delgado,cara sombría, taciturna pero con un toque amable, casi ingenuo.

Recuerdo que entablamos conversación cuando ella me preguntó dónde podía conseguir algo de comer ya que llevaban allí más de 6 horas, me marché a buscar algo a una de las máquinas y se lo llevé, un sandwich que dejó a la mitad. Conseguí un periódico que leímos y comentamos unas cuantas veces. Luego una enfermera los llamó y no volví a verlos hasta el día siguiente. Seguían haciéndole pruebas al marido y todavía no había un diagnóstico claro.

La segunda vez que tuvimos que acudir a urgencias con mi abuelo, unos 3 meses después, para nuestro asombro, volvimos a coincidir.  Al señor, al que nunca llegué a verle la cara, le habían diagnosticado un tumor cerebral. Los rostros de la mujer y el hijo habían variado algo y en ellos se reflejaba perfectamente el cansancio, la confusión y la tristeza.  Habría jurado que el hijo tenía más arrugas en la frente que la última vez que lo ví.

Nos hicimos compañía aquellos días en las salas de espera. En la sala de observación, a lo lejos, los ví rodeando la cama del padre y marido, escuché los gritos violentos de éste aquejado por el dolor. Mientras la mujer paraba los golpes que el marido le soltaba, el hijo salía de la sala con los ojos arrasados de lágrimas, la cara enrojecida por el llanto contenido. Recuerdo a la perfección que tuve que morderme el labio para contener un sollozo. La escena era demoledora.

Y un mes después, volvimos a coincidir en la sala de urgencias. Recuerdo que pensé en aquello como una de esas casualidades que forman parte de mi vida, pero también tuve la sensación de que en cierto modo estabamos unidos,de una forma terrible, eso sí, como si mi abuelo y aquél señor siguiesen un mismo camino.

Hoy, cuando mi abuelo está de nuevo hospitalizado, vuelvo a ver al hijo por la calle, en el centro de mi ciudad.  Nos saludamos y le pregunto por su padre, me cuenta tartamudeando que falleció hace un mes. Le doy el pésame, sintiéndolo como si de alguna manera yo misma hubiese perdido un poquito con aquél señor y me marcho pensando en lo curioso de nuestros encuentros. En cómo la vida de dos desconocidos puede encontrarse una y otra vez de una forma tan sorprendente.

Siempre lo digo, pero hoy más que nunca, podría contar mi vida uniendo casualidades.

Buscando una explicación…

¿Nos persigue el pasado, perseguimos al futuro o todo es un círculo vicioso en el que al final nadie atrapa a nadie?

¿Somos dueños de nuestras vidas? Al cien por cien quiero decir…¿podemos acaso controlarlo absolutamente todo? Y si no es así ¿quién o qué lo controla? ¿Qué explicación le damos a los accidentes, los encuentros fortuitos, las casualidades? ¿Són sólo lo que su nombre indica o hay algo más?

¿Cómo explicas que al marcharte a otro lugar,a cientos de kilómetros, acabes encontrandote con gente a la que conoces de tu misma ciudad, gente que ha formado parte de tu vida y a la que hace tiempo que no veías?  ¿Cómo? ¿Por qué?

Hoy soy todo un mar de preguntas…si alguien quiere alguna más, que avise.

 

Despedidas

A María

 

He tratado en vano de escribirte la carta de despedida que te mereces pero no lo he logrado. Hoy no me salen las palabras.

Y aunque te lo he dicho hace un rato cuando te abrazaba, vuelvo a hacerlo una vez más.  Te quiero.  A tí puedo decírtelo sin miedo, no me cuesta hacerlo.

Sabes que una frontera no es nada, tan sólo la línea que ahora nos separa, pero hemos superado saltos más grandes que ese.

Sabes que no me moveré de aquí. Y que acudiré en tu rescate si lo necesitas al igual que hiciste conmigo hace unos meses.

Disfruta de tu nueva vida, de cada segundo, de cada sensación,de los pequeños momentos más que de los grandes. De todo.

Y recuerda que,como dice el pequeño Otto en “Los amantes del Círculo Polar”:  Yo te voy a querer siempre y si se acaba la gasolina, me muero.

 

 

 

 

Casualidad

“Voy a quedarme aquí todo el tiempo que haga falta. Estoy esperando la casualidad de mi vida. La más grande. Y eso que las he tenido de muchas clases. Sí, podría contar mi vida uniendo casualidades…”

Los amantes del Círculo Polar.

Y vosotros, ¿creeís en las casualidades?, ¿serendipias?, ¿en el destino?…

A día de hoy Claudia sigue pensando que pudo haber aguantado más.

Y cuando cierra los ojos todavía puede percibir su olor acercandose con sigilo, sus enormes manos abriendose paso entre su ropa y su pequeño cuerpo. Han pasado tantos años que los detalles han quedado atrás pero no las sensaciones.  Cada vez que lo hace, cada vez que uno de aquellos recuerdos se escapa de esa caja fuerte en que se ha convertido su cerebro, un escalofrío recorre su espalda.

También recuerda las palizas y los insultos, aunque le dolían más las que se llevaba su madre que las que recibía ella.

Porque su madre estaba enamorada. Y que un hombre al que amas te haga eso no tiene nombre.

Aquél hombre se había instalado en su casa, en la vida y el corazón de su madre y en la cama de Claudia pocos años después de la muerte de su padre.

Después de haberla visto llorar durante tanto tiempo, la madre de Claudia parecía feliz y por eso y por el miedo a lo que pudiera suceder ante semejante confesión,ella, una chiquilla de apenas 10 años, no se atrevió a decirle nada cuando aquél hombre comenzó a asaltar su dormitorio en mitad de la noche.

Y aquello acabó haciendo bola, una bola de silencio, miedo e impotencia que Claudia masticaba y trataba de tragar sin éxito día tras día, año tras año.

Con el tiempo, aquél hombre enloqueció y acabó poniendo cerraduras en todas las puertas de la casa. Guardaba siempre el manojo de llaves en su bolsillo. Era la forma en que las controlaba. Él decidía quién y cuándo se en cada habitación. Envejeció también pero la edad no le impidió seguir con las palizas y las visitas nocturnas.

Hasta que un día Claudia a sus 21 no pudo más.

Era una mañana como otra cualquiera, su madre cocinaba unas lentejas y aquél hombre enfurecido le reprochaba la escasa habilidad que poseía para hacer unas comida en condiciones, su tono de voz iba subiendo, la rapidez de las palabras que escupía aumentaba, y Claudia desde la otra habitación con los ojos cerrados podía ver claramente en su cabeza cada escena sin necesidad de estar allí. Supo cuándo él levantaba el brazo para abofetearla, supo que el golpe había sido duro por el gemido que emitió su madre, supo que su madre estaba en el suelo y él la golpeaba.

Y supo que no podía aguantar más  así que corrió a la cocina y lo agarró por detrás, el forcejeo permitió que su madre se arrastrase ensangrentada hacia el salón y que allí sólo quedasen ellos dos. Él la insultaba enloquecido,con los ojos desorbitaodos, pero también sorprendido por la valiente reacción de la chica, ella paraba los golpes como podía…y entonces lo tuvo claro.

Vio la olla a presión funcionando, vio el monojo de llaves de todas las puertas de la casa en el suelo. Aprovechando que ahora él la había emprendido a golpes con las sillas de la cocina quitó la válvula de presión de la olla, recogió el manojo de llaves y salió de la cocina cerrando la puerta tras ella, buscó la llave y con manos temblorosas cerró y dio dos vueltas.

Él no fue consciente de lo que sucedía hasta poco después de escuchar el portazo.

Gritó, golpeó con fuerza la recia madera, amenazó a Claudia, pero ella no le escuchaba porque ya corría escaleras abajo. Escuchó la explosión al llegar al portal pero no paró, siguió corriendo. Huyó. Y acabó en un lugar no mucho mejor que lo que hasta entonces había sido su hogar…pero aquello ya es otra historia…

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