A día de hoy Claudia sigue pensando que pudo haber aguantado más.
Y cuando cierra los ojos todavía puede percibir su olor acercandose con sigilo, sus enormes manos abriendose paso entre su ropa y su pequeño cuerpo. Han pasado tantos años que los detalles han quedado atrás pero no las sensaciones. Cada vez que lo hace, cada vez que uno de aquellos recuerdos se escapa de esa caja fuerte en que se ha convertido su cerebro, un escalofrío recorre su espalda.
También recuerda las palizas y los insultos, aunque le dolían más las que se llevaba su madre que las que recibía ella.
Porque su madre estaba enamorada. Y que un hombre al que amas te haga eso no tiene nombre.
Aquél hombre se había instalado en su casa, en la vida y el corazón de su madre y en la cama de Claudia pocos años después de la muerte de su padre.
Después de haberla visto llorar durante tanto tiempo, la madre de Claudia parecía feliz y por eso y por el miedo a lo que pudiera suceder ante semejante confesión,ella, una chiquilla de apenas 10 años, no se atrevió a decirle nada cuando aquél hombre comenzó a asaltar su dormitorio en mitad de la noche.
Y aquello acabó haciendo bola, una bola de silencio, miedo e impotencia que Claudia masticaba y trataba de tragar sin éxito día tras día, año tras año.
Con el tiempo, aquél hombre enloqueció y acabó poniendo cerraduras en todas las puertas de la casa. Guardaba siempre el manojo de llaves en su bolsillo. Era la forma en que las controlaba. Él decidía quién y cuándo se en cada habitación. Envejeció también pero la edad no le impidió seguir con las palizas y las visitas nocturnas.
Hasta que un día Claudia a sus 21 no pudo más.
Era una mañana como otra cualquiera, su madre cocinaba unas lentejas y aquél hombre enfurecido le reprochaba la escasa habilidad que poseía para hacer unas comida en condiciones, su tono de voz iba subiendo, la rapidez de las palabras que escupía aumentaba, y Claudia desde la otra habitación con los ojos cerrados podía ver claramente en su cabeza cada escena sin necesidad de estar allí. Supo cuándo él levantaba el brazo para abofetearla, supo que el golpe había sido duro por el gemido que emitió su madre, supo que su madre estaba en el suelo y él la golpeaba.
Y supo que no podía aguantar más así que corrió a la cocina y lo agarró por detrás, el forcejeo permitió que su madre se arrastrase ensangrentada hacia el salón y que allí sólo quedasen ellos dos. Él la insultaba enloquecido,con los ojos desorbitaodos, pero también sorprendido por la valiente reacción de la chica, ella paraba los golpes como podía…y entonces lo tuvo claro.
Vio la olla a presión funcionando, vio el monojo de llaves de todas las puertas de la casa en el suelo. Aprovechando que ahora él la había emprendido a golpes con las sillas de la cocina quitó la válvula de presión de la olla, recogió el manojo de llaves y salió de la cocina cerrando la puerta tras ella, buscó la llave y con manos temblorosas cerró y dio dos vueltas.
Él no fue consciente de lo que sucedía hasta poco después de escuchar el portazo.
Gritó, golpeó con fuerza la recia madera, amenazó a Claudia, pero ella no le escuchaba porque ya corría escaleras abajo. Escuchó la explosión al llegar al portal pero no paró, siguió corriendo. Huyó. Y acabó en un lugar no mucho mejor que lo que hasta entonces había sido su hogar…pero aquello ya es otra historia…