Absorta en el paisaje y en sus propios pensamientos miraba por la ventanilla de aquél caro y confortable coche.
Él conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en el hueco de la ventanilla, verlo en aquella postura, serio y concentrado en la carretera, siempre le había transmitido tranquilidad. Mientras tanto ella contemplaba los árboles, las plantas, las paredes de rocas que se alzaban a ambos lados de la carretera y el cielo encapotado cada vez más y más oscuro. Sonaba en la radio una de sus canciones favoritas y mientras la escuchaba fue consciente de que aquello era el fin.
Se había dejado llevar hasta el punto del desgaste absoluto en una relación sin futuro, y ahora, pasado el tiempo, se había dado cuenta de que permanecía al lado de aquél hombre que ahora tarareaba la melodía con voz de barítono por pura comodidad, por tranquilidad y quizás algo de dependencia.
“Es la crónica de una muerte anunciada” pensó para si misma, “sabía que esto acabaría así pero aún con todo tenía que intentarlo, lo mejor será que sea sincera, directa y rápida, que se lo diga sin rodeos…”
Pensaba en las palabras que debía emplear y en las que no, dejarle iba a ser algo difícil porque él nunca había hecho nada que la hiriese, simplemente no funcionaba, pero es imposible no herir a alguien cuando se le dice algo así…
Se dio la vuelta en el asiento, se acomodó y le observó conducir durante un par de minutos, recorrió su perfil con la mirada, despegó sus labios algo secos por el calor y los nervios, no encontraba las palabras, boqueó un poco, tan concentrada estaba esperando que algún sonido saliese de su garganta que no lo vió venir.
Ambos coches se estrellaron con gran estruendo. Murieron en el acto. Él pensando en cómo decirle que quería que se mudase a su piso, ella con las palabras del fin en su boca. Tan cerca y tan lejos a la vez. Murieron en silencio. Juntos.