Allá por el mes de noviembre, cuando hospitalizamos a mi abuelo por primera vez, coincidimos en urgencias con una familia encantadora con la que compartimos la larga espera que supone una situación así.
Una mujer de unos 70 años, menuda, vestida con un pantalón marrón algo desgastado,un jersey rosa palo y gafas grandes que resaltaban en su pequeña y dulce cara marcada por el agotamiento. El marido dormitaba tranquilo en una camilla rodeado de goteros y respiradores. No sabían qué le pasaba, sólo que sufría fuertes dolores de cabeza y poco más.
El hijo entraba y salía nervioso de la sala de urgencias, móvil en mano, vaqueros, jersey de los ochenta y cazadora roja. Unos 40 años, alto y delgado,cara sombría, taciturna pero con un toque amable, casi ingenuo.
Recuerdo que entablamos conversación cuando ella me preguntó dónde podía conseguir algo de comer ya que llevaban allí más de 6 horas, me marché a buscar algo a una de las máquinas y se lo llevé, un sandwich que dejó a la mitad. Conseguí un periódico que leímos y comentamos unas cuantas veces. Luego una enfermera los llamó y no volví a verlos hasta el día siguiente. Seguían haciéndole pruebas al marido y todavía no había un diagnóstico claro.
La segunda vez que tuvimos que acudir a urgencias con mi abuelo, unos 3 meses después, para nuestro asombro, volvimos a coincidir. Al señor, al que nunca llegué a verle la cara, le habían diagnosticado un tumor cerebral. Los rostros de la mujer y el hijo habían variado algo y en ellos se reflejaba perfectamente el cansancio, la confusión y la tristeza. Habría jurado que el hijo tenía más arrugas en la frente que la última vez que lo ví.
Nos hicimos compañía aquellos días en las salas de espera. En la sala de observación, a lo lejos, los ví rodeando la cama del padre y marido, escuché los gritos violentos de éste aquejado por el dolor. Mientras la mujer paraba los golpes que el marido le soltaba, el hijo salía de la sala con los ojos arrasados de lágrimas, la cara enrojecida por el llanto contenido. Recuerdo a la perfección que tuve que morderme el labio para contener un sollozo. La escena era demoledora.
Y un mes después, volvimos a coincidir en la sala de urgencias. Recuerdo que pensé en aquello como una de esas casualidades que forman parte de mi vida, pero también tuve la sensación de que en cierto modo estabamos unidos,de una forma terrible, eso sí, como si mi abuelo y aquél señor siguiesen un mismo camino.
Hoy, cuando mi abuelo está de nuevo hospitalizado, vuelvo a ver al hijo por la calle, en el centro de mi ciudad. Nos saludamos y le pregunto por su padre, me cuenta tartamudeando que falleció hace un mes. Le doy el pésame, sintiéndolo como si de alguna manera yo misma hubiese perdido un poquito con aquél señor y me marcho pensando en lo curioso de nuestros encuentros. En cómo la vida de dos desconocidos puede encontrarse una y otra vez de una forma tan sorprendente.
Siempre lo digo, pero hoy más que nunca, podría contar mi vida uniendo casualidades.