Siempre admiraré a aquellos que saben aprovechar y disfrutar de la soledad. Aquellos que saben sacarle el jugo, hacerla suya. A mí me resulta imposible.
Y ahora que parte de mis amistades más cercanas han emigrado a otros países en busca de una oportunidad laboral y que mi familia anda fuera de vacaciones empiezo a darme cuenta de lo peligroso que es sentirse solo.
La casa, en completo silencio, deja de ofrecerme su protección y ese halo cálido y cómodo con el que hasta ahora me abrazaba cada vez que entraba por la puerta, ahora me inquieta y me inspira una desazón que no sé cómo explicar. Enciendo el televisor en el salón y la radio en la cocina a un volúmen bajo, lo justo para que las voces que transmiten arrullen un poco mi corazón y me tranquilicen. Pero el invento no funciona.
Salgo de casa y me siento en la terraza del bar que hay justo detrás, pido una cerveza, lío un cigarro y me parepeto tras un periódico lleno de noticias sobre desgracias humanas, campañas políticas y victorias deportivas. Leo aunque estoy demasiado distraída con mis propios pensamientos como para entender las palabras que hay frente a mis ojos. Las conversaciones de las mesas de alrededor apaciguan un poco el sentimiento de soledad. Alguien se acerca a pedirme el mechero. El camarero me trae un plato con cacahuetes apoyando en sus labios un “para la joven solitaria, invita la casa”. Sonrío amablemente, no sabe cuánta verdad hay en sus palabras.
Las animadas charlas se convierten en un murmullo interrumpido de vez en cuando por alguno de los pocos coches que circulan a estas horas de la tarde, por las palomas que revolotean cerca esperando encontrar algo que comer, por el golpeteo fuerte y repetitivo del bastón de un invidente que pasa junto a las mesas, las voces de los niños que juegan entre las sillas. El calor aprieta y pido otra cerveza, busco el artículo de Pérez – Reverte en El Semanal. Lío otro cigarro. Leo pero sigo sin enterarme de nada.
Y ya no sé si es la soledad lo que me mantiene sumida en este extraño estado de ansiedad o la fatal noticia que recibí el viernes.
A pesar del calor permanezco allí cerca de dos horas y media con tal de no volver a encontrarme con la oscuridad y el silencio de mi casa. Sé que tendré que acostumbrarme a esto. Que esto es lo que me espera a partir de ahora. Pero cuesta.
Y ahora ya no admiro sino que maldigo, llena de envidia, a aquellos que conocen el secreto para sobrellevar el trance y no lo comparten…
